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Las leyendas de Ínnega

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Las leyendas de Ínnega

Mensaje por Lampard el 2013-01-14, 00:46

Mientras estos días voy a sacar algo de tiempo para ver que hay escrito por aquí, os dejo mientras dos extractos de la novela que publicaré referente a YSNE: Hope of a Dream.

Para la novela, el título difiere y se llamará "Las leyendas de Ínnega". Hay muchas cosas que cambian y cambiarán del juego al libro, cosas de las adaptaciones, pero creo que merece la pena ver qué os parece parte de la propuesta con la que pretendo dar forma a esta historia. Ya está avanzada en 20.000 palabras -el equivalente a 6 escenas del juego- y se dividirá en tres capítulos, en principio, ya acotados.

El comienzo. Capítulo I -el mito de los ysne-
Spoiler:
En algún rincón de Ínnega, entre las titubeantes olas del desierto infinito de agua salada, navego. Firme en el rumbo, pero náufrago de mis delirios. Mi nombre es Lampard Arrowt. Soy un héroe de guerra que reniega de sus hazañas esperando con resignación el día en que deba redimir sus pecados, en forma de justa punición como penitencia. Todo en pos del sueño efímero de libertad, por el que he luchado para que trascienda en generaciones venideras, y del que los hombres como yo, viciados por la guerra, no tienen el derecho de gozar.

–Dos años... Dos largos años llevo separado de mi familia. También mi virtud me permite saber que todos mis esfuerzos por evitar una guerra han sido en vano. Y ahora, solamente deseo volver a mi hogar, con mi familia...
Ese es mi Merced; o más bien era. Cuando decía ser un hombre libre, con sueños y familia con la que regresar. Ahora, de todos los días de gloria y batallas, no me queda más que un recuerdo amargo, en el que su única salida es la consecución de la libertad.

Lampard conoce a Ileo en la Posada del Viajero
Spoiler:
Tras hacer unas anotaciones en mi diario sobre lo ocurrido desde Phitia, bajé a desayunar.

Atravesé el estrecho pasillo de la posada y cuando me disponía a llegar a la barra, dos hombres sentados en una mesa llamaron la atención de mi persona.
–Hola amigo, sentaos con nosotros, por favor –dijo el de la izquierda. Su apariencia fornida, cara curtida, que delataba el paso de la treintena, de cabello claro y corto, con un bigote algo más oscuro y una espada colgada en el respaldo de la silla daba a entender que se trataba de un guerrero.
–Mi Merced no quisiera molestaros –respondí cortésmente.
–No lo hacéis, de veras –me respondió el otro hombre. Más joven que su compañero, de tez más blanca y pelo oscuro. Su rostro, que revelaba que acaba de superar los veinte años, se me tornaba familiar y, por sus rasgos, diría que parece originario de Tilistea.
–Lo lamento, pero no tengo costumbre de sentarme con desconocidos –repliqué.
–Son tiempos difíciles para viajar solo –contestó el más joven.
–Insisto. Ya que parecéis un guerrero con nuestro mismo destino, salir de Ekna tras la pena de Lampard –añadió su compañero.
–En cierto modo no os equivocáis.
–Pues si me lo permitís, vuelvo a insistiros en nuestra proposición –dijo el hombre de mayor edad.
–Siendo así, acepto vuestro invite.
–¿De que parte de Ínnega sois?
–Soy natural de Ekna, del pueblo a las afueras de la Acrópolis.
–¿Y que os ha traído hasta aquí?
–Mi camino pasa por dejar Ekna. Decidme, ¿de dónde provienen vuestras Mercedes, si me es posible entender?
–Mi Merced proviene de Tilistea, de la Acrópolis.
–La mía, de Phitia.
–Ambos veníamos a ponernos a las órdenes de Lampard Arrowt.
–No os podéis imaginar la desolación al saber que va a ser ajusticiado.
–¿Y qué piensan hacer ahora vuestras Mercedes?
–Volveremos a Phitia.
–He de ir allí también puesto que en Phitia se encuentra mi familia, y no en Tilistea.
–¿Cuándo tenéis planeado realizar tal viaje?
–Dentro de nueve jornadas partiremos del embarcadero de Ekna: destino Phitia con escala en la ciudad-puerto de Bask.
–Vuestra Merced puede venir con las nuestras si lo deseáis, seríais una grata compañía.
–Solamente iré hasta Bask, tengo asuntos que solucionar allí.
–Espero que nos disculpe por no presentarnos anteriormente. Mi
Merced es Thalan Kovac –dijo el guerrero de más edad.
–Y la mía es Bohgen deRossi, un placer –replicó el joven.
–Encantado. He escuchado muy buenas palabras sobre ambos
–Si me permitís una pregunta: ¿Quién sois, mi estimado Maese?– Al acabar de cuestionar mi nombre, una voz alteró la tranquilidad de la posada.
–Deteneos Ileo Berengal. ¡Quedáis bajo arresto en nombre del Primer Ministro de Ekna! –dijo una voz muy cerca de mi persona mientras se escuchaban los pasos rápidos y agitados de varios hombres en una persecución.
Tras escuchar tal acusación, reaccioné fuera de mi conversación con Thalan Kovac y Boghen DeRossi. En cuanto presentí que las primeras pisadas me sobrepasaron, me erguí y sin mediar palabra desenvainé mi arma y arrojé mi espada contra la pared. Una vez quedó clavada, el asombro de mi acción interrumpió el avance de los caballeros de Ekna que perseguían a Ileo Berengal. Al fin pude conocer el aspecto del afamado pirata: vestía botas altas de cuero blando y marrón con la solapa vencida, que guardaban el final de unos pantalones azules de tela, amarrados a la cintura por mediación un cinturón de tono amarillo que sostenía, a su vez, una espada ropera. Éste se podía vislumbrar ligeramente por el espacio dejado tras el último botón de una camisa verde de manga larga y desabotonada. Sobre los hombros se apoyaban sutilmente algunos cabellos rubios que cubrían ligeramente un rostro joven y atractivo que daba la impresión de sobrepasar muy ligeramente la veintena. En cuanto al físico, era algo más alto que mi Merced y lucía un cuerpo atlético.
Si bien, esto suscitará la cuestión de la razón de mi intervención siendo perseguido, pero la explicación es bien racional. Hace dos años concedí mi beneplácito a Ileo. Se le acusaba de piratería y dado mis deberes en la guerra no podía ejercer labores jurídicas en nombre del Tribunal de Rhódena. Había escuchado muchas historias sobre su Merced, y a sabiendas de la actualidad de mi reino, hice bien en protegerle. A día de hoy sigo sin ver mal alguno en buscar a un ser querido desaparecido, y menos aún si se enfrenta a las desavenencias del destino. De todas formas, el motivo era mucho más poderoso, y venía de mucho tiempo atrás. La culpa de ello la tenía mi mentor: Maese Fairaway.

Mientras todos los actores estaban petrificados por mi acto, aparté la silla con calma, me dirigí a la pared caminando lentamente con desdén y recuperé sin esfuerzo mi espada para envainarla nuevamente.
–Creí que Lampard Arrowt os había enseñado a no perseguir inocentes, caballeros.
–¿Llamáis inocente a un hombre que desobedece una norma real, y además fue líder de los Persas?
–Buscar a un padre desaparecido e investigar la Historia no quebranta ley alguna.
–Pero si entrar a un templo Ysne.
–¿Desde cuándo es castigada tal acción?
–Desde que lo ordenó el Primer Ministro de Ekna.
–General Van Ghroel…
–Por favor amigo, dejad correr el tema y continuemos la conversación. Evitemos males innecesarios –dijo Thalan con cierta preocupación. No era para menos, el general se había ganado fama entre mercenarios y ejércitos extranjeros por sus artimañas de baja clase y sus conocimientos sobre la alquimia. El uso de venenos en la hoja de su espada o enturbiar la visión de sus rivales con utensilios o el mismo entorno, junto a su buen desempeño en el esgrima, le hacían merecedor de una reputación un tanto dudosa.
–Haced caso a vuestro compañero, Maese. No queremos que ningún inocente resulte herido –dijo un caballero.
–He de recordaros que este hombre se haya bajo beneplácito.
–Entonces vuestra Merced también será ajusticiada –respondió Van Grohel.
–Si acaso pretendéis burlar un dictamen del Tribunal de Ródhena, os advierto que lo lamentaréis.
–Ja, ja, ja. ¿Quién sois para que os debamos temer, mercenario? –mientras el general dijo esto, avancé hacia él, dejando a Ileo a mi lado y encarándole completamente.
–Mi nombre no es importante. Únicamente los valores que defiendo –Añadí ímpetu a mi respuesta haciendo a un lado la parte de la capa que ocultaba la empuñadura de mi espada, para desenvainarla con arrogancia y altivez.
–Es… él. ¡Ha escapado y está vivo! –exclamó Thalan.
–Entonces, todo lo que dijeron desde la Acrópolis no es cierto–apostilló Boghen DeRossi.
–Lampard, junto a Ileo Berengal… Si yo fuera su enemigo me estremecería tener que enfrentarlos a la vez –dijo Thalan.
–Así que vos sois el famoso Capitán Arrowt. La fortuna me sonríe esta jornada –espetó Ileo con una mueca confiada en forma de sonrisa torcida mientras los caballeros sin rango de oficial agachaban la cabeza.
–¿Sois incapaz de morir, o es que acaso vuestro fantasma ha vuelto para atormentarnos? –cuestionó el general Philip Van Ghroel.
–Os lo diré tan solo una vez más: ¡envainad vuestras armas si pretendéis conservar la vida! –respondí alzando la voz.
–No me hagáis reír, Lampard. Ni aunando fuerzas con Ileo podréis escapar. Estáis totalmente rodeado, y no es el mejor lugar para que podáis esgrimir vuestras habilidades si no queréis herir a hombres inocentes.
–Parece que tras tantos años a mi servicio aún sois capaz de infravalorar mi destreza –Tras pronunciarme, avancé un par de metros en dirección al general Van Ghroel y sus dos hombres más cercanos, dejando a Ileo detrás de mí y al resto de los espectadores a una distancia prudencial. En ese momento me arrodillé, apoyándome en mi arma, y con una mano expandida en el piso de madera vocalicé unas palabras inaudibles para mis adversarios con el fin de invocar mis mañas sibilinas. Acto seguido, me erguí y el suelo comenzó a temblar. Las llamas de los candelabros cercanos aumentaron su flama exponencialmente haciendo añicos los vidrios protectores.
–¿Pero qué ocurre? –dijo exaltado Philip.
–Ésta es una ligera demostración de mis habilidades. Ahora, apartaos de nuestro camino –Alcé sin mucho esfuerzo la espada que había clavado en el suelo de madera y corté la sujeción del candelero que pendía sobre mis enemigos. Una vez tocó el suelo, el fuego se convirtió en un muro que les rodeó mientras volvía a conjurar mis artes.
–Eugo Ysne invocanto, Ignus.
–Es una suerte que ya conociera vuestros trucos con anterioridad –dijo el general Van Ghroel tras salir rodando del círculo, con parte de la manga izquierda de su atuendo descompuesta por las llamas.
–No deberíais alardear tanto, pues a todos los hombres del ejército de Ekna se nos supone versados en la lengua muerta, y originaria de los Hombres del Norte. La misma de la que evolucionó nuestro idioma: el latáico. Además, ésta es una referencia escueta de mi destreza real. No es necesario que me valga de trucos como vos.
–Os recordaba más humilde y menos parlanchín, Lampard. Habláis demasiado para ser un hombre con un funesto destino –Parte de los caballeros presentes se unieron a la tentativa del general.
–Si esa impresión tenéis de mí, bien sabréis que cuanto digo no debe caer en saco roto.
–Permitidme, entonces, no prestaros atención y continuar mi empresa con el objeto de apresaros a ambos.
–Si ardéis en deseos de combatir, no me dejáis otra alternativa –concluí resignado. –Ileo, ardo en deseos de presenciar vuestra destreza.
–Espero no defraudaros, mi Capitán.
En ese momento, el bravo pirata desenfundó su espada y, juntando su hombro al mío apuntando con nuestras armas a los enemigos que enfrentábamos, esgrimimos nuestro deseo de salir vivos de la posada.
–Ileo, debéis tener cuidado –le advertí.
–Lo dudo, no existe hombre en el mundo capaz de hacernos morder el polvo.
–Atendedme atentamente en vez de embelesaros por vuestras bravuconerías. Philip y sus hombres se valen de la alquimia.
–Creí que habíais prohibido tales mañas en vuestro ejército.
–Únicamente si resultan mortales. Ya sois conocedor de que ese oscuro arte es el único capaz de igualar una contienda frente a aquellos que se valen de las esencias de Ínnega.
–¿Qué sugerís hacer, mi Capitán?
–Valernos de nuestra destreza con la espada. No podemos herir a nadie ajeno a nuestra disputa. No somos forajidos, sólo necesitamos escapar.
–Ja, ja, ja. Eso me gustaría verlo, Lampard. Para esta ocasión preparé un regalo muy especial para Ileo Berengal: una hoja envenenada con lívido de reptil carmesí. Un solo roce y moriréis irremediablemente.
–Ahora es cuando empiezo a preocuparme, mi Capitán.
–Pues no lo hagáis, Ileo. No podemos permitírnoslo.
Comencé con la batalla asumiendo la iniciativa con el objeto de tomar la delantera. Adelante mi cuerpo y estiré mi espada, que se dirigió sin dilación al torso de Van Grohel. El general la eludió con su arma, desviándola ligeramente. Acto seguido, uno de sus subordinados se propuso atacarme. Ileo reaccionó y evitó que me hiriera al jalar de mi hombro izquierdo y voltearme ligeramente. A continuación, y con mucha agilidad, apoyó su espalda sobre la mía para girar y encarar a otro adversario por mi flanco derecho. Sus movimientos eran realmente rápidos, nunca había visto algo parecido. Aprovechando su desplazamiento, le imité ligeramente para ganar terreno a nuestros contrincantes, poniéndonos en ventaja. Cuando terminó de moverse el pirata, propinó una patada al puño del caballero que trató de atacarme anteriormente. Su espada salió volando por los aires, y mi improvisado aliado la tomó al vuelo con su mano izquierda para encarar a Van Grohel. Su forma de combatir era asombrosa, bailaba con brío sin transmitir violencia, y sus movimientos eran gráciles, muy complicados de seguir, y aún más sus ataques de anticipar, dada su velocidad y agilidad. Incluso para alguien tan experto y capaz como mi persona resultaba un verdadero problema; pero una extraña sensación me invadía: era como si llevara toda la vida combatiendo junto a Ileo. Instintivamente ambos nos complementábamos al luchar juntos, y nuestros pies, como unidos por una especie de cuerda invisible, se desplazaban al unísono. De movimientos más lentos para acomodarnos, comenzamos a ganar velocidad en nuestras acciones, ataques, defensas y contrataques. Hacíamos retroceder a nuestros enemigos sin que pudieran flanquear nuestra línea.

Fuera de mi corto delirio, me vi obligado a seguir centrado en la contienda. Algunos caballeros que estaban en nuestra retaguardia nos atacaron. Les respondí con un movimiento ágil a ambos estiletes. Espalda contra espalda, luchaba junto al pirata. Éste bregaba con dos contrincantes empuñando sus dos espadas y haciendo gala de una coordinación sin igual. En mi caso, con una, me valía de mi sobrada destreza en comparación con mis adversarios. Una estocada a la derecha por mi parte evitó un ataque a mi testa, rápidamente, en trayectoria descendente y a mi flanco izquierdo, otro vaivén para tratar de prevenir una nueva tentativa. Tan fuerte fue mi último golpe que arrebaté la espada a mi adversario, al que dejé desequilibrado. Con ventaja y mucho mobiliario para ayudarme, pateé violentamente la silla más próxima a mí Merced hacia el caballero que desarmé. Le golpeó suficientemente fuerte en las piernas como para llevarle al suelo y antes de morder el polvo, se golpeó la cabeza contra la mesa, dejándole inconsciente. Equilibradas las fuerzas, el otro caballero arremetió directamente contra mi cuerpo. En respuesta giré levemente mi cadera hacia mi diestra y apoyé el pie derecho más atrás la línea vertical trazada por mi torso. Ileo intuyó el movimiento y ambos nos volteamos lo suficiente para evadir su ataque. El pirata le puso la zancadilla para que tropezase, pues él ya se había encargado de sus agresores y podía ayudar sin peligro. Tras caer en la treta del pirata y encontrarse con el suelo, le siguió un golpe seco de la empuñadura de mi arma en la nuca para dejarlo inconsciente. Para ello, doble mi torso. Mientras tanto, mi compañero había comenzado a combatir contra el oficial de mi ejército, y aprovechó mi movimiento para arquearse sobre mi persona, evitar la tentativa horizontal hacia su cuello proveniente del general. Con su enemigo sobrepasado por la agilidad de mi compañero, Ileo pudo propinarle un puntapié en el mentón que hizo retroceder hasta la barra a Van Grohel. De no ser por que se consiguió apoyar, el oficial hubiera caído al suelo.
Me erguí nuevamente, y permití que mi compañero circunstancial se impulsara hacia la mesa en la que mi persona había previamente mantenido la conversación con Maese Thalan y Maese Boghen, y retomara la verticalidad encima del mobiliario. Mientras mi Merced encaraba a Van Grohel, blandiendo mi espada de tal forma que la punta descansaba sobre el cuello de mi oficial, Ileo imitó mis movimientos sobre el caballero que pretendía atacarme por la retaguardia. El agresor entendió que no podía hacer nada contra el pirata y dejó caer su arma al suelo. Una vez reposó el metal contra la madera, mi compañero bajó de la mesa para volver a juntar nuestras espaldas y se atusó el cabello con la mano izquierda antes de volver a hablar.
–Necesitaréis un ejército si pretendéis apresarnos –dijo el pirata con petulancia mientras la posada del viajero enmudecía ante la batalla que estábamos manteniendo.
–Im… Impresionante. Jamás había visto combatir de esa manera. Parecía que eran capaces de adelantarse a cualquier movimiento de sus adversarios, como si pudieran presentirlo o estuvieran dentro de su cabeza. Estos hombres no tienen parangón en Ínnega, no cabe duda… –dijo Boghen.
–No parece real. Su superioridad es inverosímil. Su fuerza, su destreza y su agilidad están muy por encima de todo lo que he visto en mi vida. De igual manera, es como si fueran una sola persona; pero acaban de conocerse. Mi Merced no cree lo que acaba de presenciar… –masculló Thalan mientras permanecía petrificado.
–Desde luego, estáis por encima de todas mis expectativas, Maese Ileo –comenté intentando contener mi asombro.
–Dejadme devolveros el halago, mi Capitán. Jamás vi destreza sin par en las artes arcanas y en la espada a la vez. Nunca creí conocer a hombre alguno capaz de ello. Debo reconocer que es imposible superar mi agilidad, pero en el resto sois ampliamente superior a cuanto pueda ofrecer. Hacéis honor a vuestra reputación de hombre más fuerte de Ínnega, mi Capitán –replicó Ileo Berengal.
–¡Tan solo sois escoria! –gritó el general Van Grohel tras rehacerse y aprovecharse de nuestros despiste. En ese instante se aventuró para lanzarme el contenido de un vaso de vino de metal y medio lleno que estaba sobre la barra. Acertó en mi cara y mis ojos se cegaron a causa del escozor y me retorcí con muecas de dolor. Rota nuestra formación, el oficial lanzó el vaso de cobre a la cabeza de mi compañero. Alcanzó su nuca. Mientras mi Merced se hallaba arrodillado en el suelo, el general se dispuso a ensartar a Ileo con su espada envenenada en el filo.
Cuando llegó a prácticamente a su altura y dispuso su brazo para realizar tal gesta, posé mi mano derecha sobre el codo del correspondiente lado, al tiempo que aún acusaba la artimaña del vino.
–Eugo Petrus invocanto es –pronuncié con voz firme.
–¿Qué habéis hecho, maldito? ¡No puedo mover el brazo! –gritó Van Grohel muy preocupado.
–He usado mis mañas sibilinas para deteneros. Vuestro brazo ha quedado rígido como la tierra cuando se solidifica y se convierte en piedra.
–¿Cómo lo habéis hecho? ¡No podéis ver!
–Habéis subestimado mis habilidades, general. Aunque no pueda ver, mi conocimiento sobre la esencia de nuestro mundo está tan desarrollado que me permite percibir vuestro espíritu aun sin contar con mi vista. A estas alturas, ya deberías saber que puedo controlar dos de las cinco esencias de Ínnega.
–¡Maldito seáis, Lampard Arrowt!
–Realmente es increíble… –espetó Boghen DeRossi.
–La verdadera fuerza y destreza del Capitán General de Ekna es en realidad más grande que en los rumores que surcan nuestro mundo –pronunció Thalan.
–Os lo agradezco, mi Capitán. Me habéis salvado la vida. Estoy en deuda con vos.
–No hay de qué, Ileo.
–¿Habéis recuperado la vista?
–Aún me cuesta un sobresfuerzo abrir los ojos. ¿Vos estáis entero?
–Algo mareado, pero nada que no cure un buen trago de ron –tras decirlo, Ileo agarró la botella que estaban compartiendo Boghen y Thalan y se encaminó a una mesa cercana, ocupada por dos jóvenes y bellas damiselas. Antes de darle un trago al envase, se dirigió a las mujeres.
–Espero que os haya gustado el espectáculo, señoritas. He puesto todo mi corazón por vosotras –A continuación bebió.
–¡Raudo, que no escape! –Se escucharon varias voces a lo lejos.
–¡Vamos, Maese Ileo, no hay tiempo para cortejar mujeres!
–Ruego disculpad que deba partir presto, más vuestro rostro llevo como recuerdo. Ileo Berengal para serviros – Con el vidrio elevado al estirar su brazo derecho, realizó un ademán cortés con el resto de su cuerpo, inclinando el torso hacia delante, el brazo izquierdo, extendido hacia atrás y una ligera genuflexión. Tras la galantería, y sin soltar la botella de ron, me ayudó a levantarme.
–Tenéis que huid, Lampard. Nuestras Mercedes nos encargaremos de ellos.
–Os estoy muy agradecido, Maese Thalan. Sois dos grandes hombres, sin duda.
–Presto, iros ambos. Nos encontraremos donde estuvimos hablando. Si no sobrevivís, Ínnega no tiene futuro.
–Allí estaremos. Tened cuidado, por favor –Al acabar de pronunciar estas palabras, Ileo y mi Merced salimos por la puerta de atrás de la posada del viajero. De esta guisa conocí al gran pirata Ileo Berengal.

Ahora, con el pirata de mi lado, nuestra meta era el embarcadero real, al Norte, y para llegar a él ya no podíamos usar los caminos principales del imperio, pues estarían esperando por nosotros. Sólo nos quedaba atravesar los distintos bosques hasta llegar al Paso de Tzengara, de tal forma que podríamos acortar dos jornadas de viaje, el mismo tiempo que perderíamos por nuestro sendero. Durante nuestras primeras dos jornadas, todo transcurrió con normalidad. Mi nuevo compañero me relató como acabó en Anxas tras ir a visitar las ruinas ysne al Este de la localidad.

Espero que os haya gustado si habéis tenido la paciencia de leerlo.
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Re: Las leyendas de Ínnega

Mensaje por DarkRaven el 2013-01-19, 02:54

Vaya, realmente pensaba que hacer una novela sobre mi proyecto era algo bastante original, pero ahora veo que no soy el único. Al parecer hay demasiadas personas creativas en este mundo como para que yo innove en algo.

Dejando de lado mis lamentos, debo decir que me ha gustado lo que hasta ahora has escrito. Aun cuando hasta ahora estoy bastante perdido en cuanto a los sucesos que han llevado a que ocurran los eventos que narras. Quizás se deba a que no he jugado ni leído el contenido de los post de YSNE, si no es así, será porque quieres que el lector se vaya enterando conforme avance el relato, un recurso que me agrada.

En cuanto a la redacción, creo que es difícil encontrar algún error, por lo menos para mí que me centré demasiado en la historia, como para estar revisando la adecuada escritura. De alguna forma es un cumplido, ya que incluso con las mejores obras literarias eso no ocurre (xD).

Eso si, no estoy acostumbrado, ni conozco el significado del término "Mi Merced", aun así, no me molesta que la uses. Incluso, por alguna razón, me recuerda de alguna forma al "Cid Campeador". Ni idea de por qué.

Algo que me causo gracia fue el uso capturas del juego como ilustraciones, aun que creo que podrías haber borrado los diálogos para que se vea mejor.

En fin, me gustaría ver cómo avanza tu novela, por lo que espero estar atento para cuando publiques los demás capítulos. Supongo que me será difícil, pues no visito regularmente este foro.

Un saludo.
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Re: Las leyendas de Ínnega

Mensaje por Lampard el 2013-01-22, 12:25

¡Muchas gracias! Sólo te hubieras enterado de qué pasaba si hubieras jugado al proyecto, no por otra cosa. Las imágenes las puse de referencia a ciertas escenas de gran peso en el proyecto y que los que están familiarizados con él las encuadran. Como no hay descripción de los interiores, las dejo para los que no conocen los lugares sepan cómo es la localización. Hay algunos fallos que he visto, de tildes (Adelante en vez de adelanté o si, en lugar de sí) y supongo que algunas partes podían redactarse de forma más directa o desviar la atención del foco principal.
Mi merced es como decir mi persona o yo. Es un recurso más noble en el habla del que valgo.

Respecto al resto de capítulos, sólo quiero hacer una prueba a ver si la redacción y la forma en que presento ciertas cosas (como la magia) gustan. Una vez sustentadas las bases de como encarar eso, iré terminando la novela y el proyecto -del que sólo me resta la parte gráfica del remake que ando haciendo-. En mi caso, es que la forma de estar confeccionada YSNE es más una novela gráfica, casi, y el hecho de incluir jugabilidad es casi hasta dramático para mí, jaja.

En el fondo, todos somos más creativos de lo que creemos. Creéme.
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Re: Las leyendas de Ínnega

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