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Empiezo por el final.

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Empiezo por el final.

Mensaje por fattony el 2010-09-04, 15:46

Os presento el final de mi historia, el principio y el cuerpo está por escribir:

Camina desorientado, mirando a derecha, mirando a izquierda, mirando a todos lados. Los pasos tambaleantes resuenan en el adoquinado de la Plaza del Trofeo, mezclándose con el correr lento de las aguas cansadas. Sus botas de acero, ribeteadas en mithril puro con filigranas enanas que más que fundidas parecen bordadas, hacen tintinear las cabezas humanas cristalizadas y demoníacamente reducidas en tamaño que cuelgan de sus encajes. Pasos sordos en la noche. Pasos sordos dirigiéndose a la vitrina del centro de la plaza, a lo lejos se oye todavía el rumor de la batalla. El aire huele a infierno, a azufre, fuego, ceniza, sal, carne quemada y sangre. Mucha sangre que ahora corre por las juntas de los adoquines y los riachuelos de las plazas y que se pierde por las calles de la gran Saraddha. Los pasos avanzan con fingida tranquilidad, o quizá fingido nerviosismo. Pasos a medio camino entre el miedo y el orgullo. Y vuelve la vista atrás, derecha, izquierda, y para porque alguien observa desde la oscuridad de un callejón. Sigue andando sin dejar de observar y solo cuando llega a la vitrina y sube los escalones de mármol negro deja de mirar a la misteriosa figura. Coge el trofeo y lo alza al cielo, porque sabe que muchos lo observan, aunque en la plaza quizá ni el hombre del callejón esté en realidad.
Lo alza victorioso, con más sudor ahora que el que soltó durante la batalla, nota su cuerpo caliente dentro de la armadura y se quita el casco para volver a observar a quien lo acecha desde la oscuridad. Con el trofeo en la mano, sin yelmo y blandiendo la poderosa espada de Saoyé el Relámpago se dirige a la boca del callejón, acercándose a la máxima quietud de un callejón solitario, con olor al todavía poco orín que sus guerreros han dejado tras la batalla para marcar el territorio. Pero allí no hay nadie. Aquello que lo observaba no es más que un manto de piel de ñu que cuelga de uno de los tendederos del callejón. Lo arranca con odio, y lo lanza a los orines que van convirtiendo, al tiempo que llegan, los charcos de sangre roja en repugnantes tonos ocres y naranjas.
El color de la guerra, piensa, la sangre de nuestros enemigos y el meado de mis guerreros. Y comienza a decir en voz alta, para que todos le oigan, esta tierra nos pertenece, los árboles que crecen son nuestros, el viento que corre pasará por nuestros pulmones y no por los vuestros. La gente será capturada e instruida para trabajos especializados, bajo el derecho de Alak Pike, y el Dios que gobernará sus gentes será Gotrek, y nunca más se aludirá a Kira, so pena de muerte.
El viento sopla entre los árboles que crecen en forma de claustro y se extienden horizontalmente formando los techos de la ciudad, ayudándose de árboles que hacen a la vez de columnas y de vigas. Toda Sraddha es un bosque dominado por las manos elfas. La ciudad reproduce tanto su religión como su forma de ser. Ahora que la capital de la basta selva de Esapur ha caído bajo la espada de Kliza Baligar, solo queda una ciudad, y los elfos tendrán que huir otra vez, atravesando el mar de bruma, a su mundo. La espada de Kliza no descansará hasta acabar con la sangre de todo elfo que pise el continente. Así lo jura el hechizo que la encanta, y las leyes que lo respaldan.
Él sabe que hace el bien, que recupera sus tierras, las tierras de sus antepasados, los que perdieron la vida al caer sus ciudades en manos de elfos comehierbas con sus venenos y sus trampas, sucios enanos subterraneos que salieron de las profundidades armados hasta los dientes, gigantes que bajaron de los picos de las montañas porque decían que hacía frío. Y tenían la gracia de avisar de que algo iba a suceder, que se acercaba el mal porque el mundo se estaba helando. No me jodas, piensa nuestro guerrero, estás en un pico nevado como quieres que no haga frío. Pero Alak los echará a todos, y yo estaré con él y sus perros, cazando la carne sucia que quede en el mundo. A partir de ahora se olvidará toda esa naturaleza fundida con Dios y Dios con la naturaleza, desde ahora esta tierra tendrá Dios con nombre y apellidos, y cuya vida guiará las nuevas que aquí surjan.
Tras una hora llega un oficial. Hemos explorado toda la ciudad, no queda nadie. Pero Kliza no está tan seguro. Lo oye en el viento, lo nota en el aire cortado por las hojas de enredaderas perfumadas, oye sus risas estridentes surgiendo de sus dientes punzantes y llegando por entre las parras. Todavía queda gente, dice, subid a los árboles.
Las columnas de las casas aguantaban con sus ramas los ramajes de otros cientos de árboles, de forma que en una casa elfa no había forma de saber cuantos árboles crecían en sus paredes. Tanto se juntaban troncos de poderosas encinas que llegaban hasta el cielo, seguidos por hiedras que e mantenían siempre a una distancia prudencial de su copa, con robles milenarios que de retorcidos que tenían el tronco, cuatro familias, cada una en su casa, podían usar sus huecos como cunas. De las esquinas de las casas caían ramas y brotes de jazmín y de azahar, y en los marcos de las puertas los sauces formaban cortinas. Casi cada casa disponía de alguna roca de donde manaba agua que discurría como un manantial por toda la casa y que tan pronto aparecía, antes desaparecía. Las casas eran pequeñas representaciones de la gran ciudad y de la idea de arquitectura que los elfos tenían. Plazas grandes adoquinadas por donde discurrían aleatoriamente riachuelos que cada día aparecían y desaparecían en sitios diferentes. Edificios bajos con árboles-columnas que después de hacer su deber en la casa, ascendían lentamente hasta el cielo.
Grandes huecos entre la roca del adoquín de donde salían árboles y arbustos que expandían sus dominios hasta varios metros a la redonda y varios cientos de metros a lo alto. Cada calle tenía un olor y un color particular, forjado a base de la correcta proporción de vistosas flores olorosas. En algunos callejones tanto se veían arbustos de romero y al lado árboles de cannabis con las flores resinosas sedientas de polen de cáñamo, del que Kliza no había visto ni uno en toda la ciudad. En otros callejones las lianas de ayahuasca caían hasta el suelo y por ellas trepaban flores de la pasión, y entre los geranios a ran de suelo crecía el tomillo y la coca.
Los pájaros cantaban a todas horas y en las temporadas en que el peyote volvía a estar grande, todos se sincronizaban en una orquesta sinfónica siguiendo los acordes de la intoxicación. En esas temporadas los elfos bailaban al son de los sonidos del bosque. Samastha Isarion escribió que durante las fiestas, en el interior del bosque, aunque los humanos y otras razas solo oigan el cantar de los pájaros, los elfos son capaces de oír y sentir una sinfonía natural que solo el bosque profundo y la selva son capaces de evocar. Los elfos son capaces en esos momentos de profunda intoxicación de oír a los árboles crecer, al viento susurrar el destino del mundo, a las flores charlar con alegría, a los pájaros, a los lobos, a las serpientes y a los monos, al elefante a kilómetros y la respiración del puma que acecha la presa.
En esos momentos el bosque y los elfos son una misma encarnación y son capaces de dominar la fuerza de los elementos y la voluntad de la naturaleza a su antojo. Pero la mayoría de autores humanos aseguraban que ese poder no era más que alucinación debido a la intoxicación por grandes dosis de variadas drogas que los elfos utilizan en sus rituales. Beben ayahuasca, fuman cannabis, salvia divinorum, opio y comen mimosa a la vez que mascan hoja de coca para mantenerse despiertos tras la borrachera de vinos y licores de frutos. Los enanos van más allá y aseguran que los elfos inventan ese mensaje para imponer el miedo a sus enemigos con el arte de la magia, y en la mayoría de ensayos enanos se menciona a los elfos bajo el epíteto de los afeminados, los tramposos, o los sigilosos en los mejores casos.
El bosque sigue en silencio, la ciudad está apagada. Los ruidos de los soldados trepando por las cuerdas hacia las copas de los árboles hace pensar a Kliza en cuan endemoniada debe ser la magia elfa para poder subir a los pisos superiores sin más que sus propias manos y pies. Entre las sombras, una mano se apoya en el hombro del glorioso general, que girándose lentamente ve frente a sí, con un inhumano resplandor en la oscuridad que le ilumina la cara, a Karot Iusiva. La espada tarda menos de un segundo en atravesar su cuerpo tambaleante hasta que Kliza nota le sangre entre los dedos bajo el guante de cuero. No hay piedad en el brillo de sus ojos, tampoco odio, solo sed. La mente que maquina tras sus córneas carece de conciencia, nada le ata ya a Karot. Ni lo necesita, ni sería inteligente dejarlo vivir. Retira la espada con un tirón desgarrador y Karot cae sobre sus rodillas, perdiendo la vida de a poco, y notándose estúpidamente engañado.
Kliza vuelve a andar hacia las calles anchas de la avenida principal, con el trofeo en una mano y en la otra el casco. La espada al cinto y las calaveras de las botas traqueteando con una risa infernal. Su armadura negra brilla bajo la luz de la luna, sin siquiera una mancha de sangre, y su pelo lacio y blanco es golpeado con fuerza con un viento cargado de susurros y lamentos. Su sonrisa se contorsiona, una mueca fatal que deja escapar una carcajada con el ceño fruncido y los ojos cerrados. Camina riendo desde la plaza hasta la avenida, con la funesta orquesta de huesos y metal tintineante sobre él.
Los árboles están limpios, informa un comandante. Kliza alza su cabeza a las copas de los árboles. Solo la plaza recibe luz, todas las copas están ligadas formando un entramado que ni la luz deja pasar. ¿Habéis registrado todo? Todo, señor. Coge a tus hombres, vamos a adentrarnos más en el bosque. ¿No deberíamos esperar a que amaneciese, señor? No.
Su voz es la autoridad. Una hora después quince mil hombres avanzan por la avenida con el objetivo de asaltar Kirisán. Allí habrán huido los supervivientes, a la segunda ciudad del bosque. No se engaña, sabe que allí perderá hombres. Pero tiene un arma con el que los elfos no cuentan: el miedo.
Los pasos resuenan en los caminos de tierra que se adentran en el bosque, más húmedo con cada paso, los ríos suenan por todo alrededor, pero no hay donde los soldados puedan beber. Como si caudalosos y anchos ríos estallaran en una cascada poderosa, pero lejana. Kliza camina pensativo, alterado, paranoico, mira a todas las sombras entre los bosques, detecta los ojos brillantes de elfos, que tan pronto desaparecen que ni sentido tiene avisar a los arqueros. Escucha todos los sonidos, la brisa en los árboles, el ambiente cargado, los sonidos de animales nocturnos, predadores cazando presas distraídas, y él en la cúspide de la cadena alimenticia, comiendo elfos. Devorando sus corazones podridos y escupiendo los trozos a los perros.
La caravana de hombres y armas de asedio se desplaza lentamente, la lluvia que ha comenzado poco después de la partida embarra el suelo y el camino se hace pesado, las nubes tapan la luz de la luna y hay que viajar a la luz de las antorchas. A Kliza todo aquello comienza a alterarlo. No está acostumbrado a encontrarse con adversidades, pero el clima del norte no es bueno para los hombres del sur. En cuanto acabe con los elfos volverá a su capital a disfrutar de las vacaciones que se le han jurado por exterminar a esa panda de cucarachas saltarinas.
La oscuridad se hace palpable, la lluvia cae como si fueran guijarros, chocando con el suelo encharcado con fuerza bárbara, las nubes restallan en truenos y relámpagos que iluminan de a poco el cielo y la tierra y vuelven a apagarla. Los árboles se encorvan con el viento. Kliza vuelve la cabeza atrás, falta un tercio del destacamento. Llega el Comandante Van Vorsen,
-Kliza, hemos perdido a un grupo de guerreros. Se habrán quedado rezagados, volvemos a buscarlos?
La espada de Kliza no brilla sin luz, pero el ruido al desenvainarla y clavarla en el estómado de Van Vorsen llega a todos los oídos de los primeros escuadrones.
-Seguiremos adelante, nadie va a volver hacia atrás con esta niebla.
El olor en el aire comienza a fortalecerse, la humedad es tremenda, el calor brutal, el bosque comienza a empantanarse y divisan los primeros ríos oscuros quizá acrecentados por la abundante lluvia. La selva comienza a aparecer ante ellos con largas hojas que dejan caer hilos de agua, y con ruidos y olores desconocidos para ellos. El miedo comienza a calar entre las filas, y Kliza lo sabe, igual que sabe que ninguno mostrará el menor síntoma de falta de fortaleza… por miedo.
Tras largo rato caminando los ojos de Kliza comienzan a cerrarse, se gira, pregunta al segundo mayor cuanto falta para llegar a la ciudad.
-Deberíamos haber llegado ya.
Kliza levanta la vista, ya no queda ni la mitad del ejército, quizá un tercio. ¿Dónde han desaparecido todos? ¿Por qué nadie le ha avisado? Lleno de ira blasfema, y mira con odio pero sin ganas de odiar a todos sus guerreros. La lluvia choca contra sus cascos, y al punto en que Kliza intenta abrir la boca para pronunciar el último discurso de ánimo, las antorchas se apagan y la selva se sume en la oscuridad.
Se oye mugir un poderoso toro desde la lejanía. Después otro. Los guerreros, privados ahora de visión, escuchan el correr de los animales. Quizá no solo de los animales. Kliza comienza a sentirse extraño, y cansado de ese pesado tufo que emana de las plantas. Un relámpago restalla en el cielo iluminando por un segundo el camino, y por un momento, no hay guerrero que no haya tenido la sensación de ver un elfo corriendo o saltando.
Poco a poco los tambores comienzan a resonar en lo más hondo de la selva, con mugidos y rugidos de tigre y de las panteras que se pasean por las copas sin miedo a resbalarse. Otro relámpago restalla al tiempo que se acelera la música y se vuelve más fuerte, al mismo tiempo que el olor dulzón comienza a hacerse más intenso, y las gotas de lluvia comienzan a parecer más dulces. Al mismo tiempo que todos los guerreros sienten la presencia de los elfos a su alrededor, esta vez sin verlos.
Los mugidos y rugidos se acrecentan, y nadie se atreve a moverse. Kliza no piensa, observa la situación esperando a que algo cambie. La lluvia aprieta y el bochorno pegadizo atrae a millones de mosquitos que intentan llegar a la carne a través de las corazas. A los tambores se suman flautas, y no lejanas como los tambores, sino alrededor suyo. No hay soldado que no tiemble, ni soldado que sepa a ciencia cierta por qué tiembla.
Otro relámpago ilumina la zona infestada de serpientes y de alimañas correteando entre los pies de los guerreros, incapaces de moverse. Las hiedras andan extendiéndose por el camino difuminando el barro del suelo, y en un momento el camino desaparece, y los guerreros se ven en medio de la profunda selva, sin verse, y con la música de los tambores, flautas, arpas y gritos alrededor suyo, mucho más cerca.
Los relámpagos comienzan a sucederse, y los guerreros ven entre los árboles a los elfos beber de las hojas de los árboles, bailar sobre las plantas y hablar con los animales, jugar a desnudarse y besarse, a comer la misma fruta, y a devorar el fruto de las parras que se extienden por los árboles. El humo comienza a concentrarse y hace más potente el aroma dulzón, los elfos ríen y bailan al son de la música sin conocer nada más, sin que parezca que se hayan percatado de la presencia del destacamento de Kliza. Drogados, bailan alrededor de ellos, las elfas acarician las partes desprotegidas de los guerreros, los hay que hacen el amor contra un árbol, quien baila con un sátiro y quien monta sobre un centauro.
Kliza vuelve a mirar a sus guerreros. Espera un relámpago, que al llegar, muestra una poderosa cantidad de soldados observando a su alrededor maravillados. Kliza espera. El próximo trueno es encima de ellos, y el relámpago ilumina cientos de semblantes que lo observan ahora a él.
-¡Atacad!
La flecha entra por la clavícula y sale por entre las costillas, y con Kliza muerto, los soldados se unen a la fiesta elfa, cansados ya de tanto dolor, aceptándolo, y sumiéndose en la mayor alegría del conocimiento del sufrimiento y la humillación.
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Re: Empiezo por el final.

Mensaje por elmiguelon el 2010-09-04, 16:14

No me gusta eso de escribir una historia empezando por el final, ya que es inútil, porque cuando comiences con el principio, tendrá que ir cambiando el final, porque siempre se te van ocurriendo nuevas ideas. Yo suelo guiarme por una técnica, y es, ir poniendo título a los capitulos desde el 1 hasta el final y así puedes hacer una especie de resumen de la historia.


Bueno, que empezar una historia por el final....está mal hecho, es como cojer una memory card de otro y jugar un juego por el final, para despues jugar el principio :( ¿qué sentido tiene?

Ahí tienes mi crítica XD. no te ofendas.



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Re: Empiezo por el final.

Mensaje por fattony el 2010-09-04, 16:19

Tiene sentido de que teniendo el final es mucho más fácil imaginar por separado los sucesos que han llevado a ese final.
Por ejemplo, yo tengo que hacer la historia para Kliza, para el elfo que mata y para razonar esa conquista. Esas tres cosas son las que harán la historia, todo lo demás son pequeñas cosas que en darles sentido o no dárselo es donde reside la gracia de un buen relato.
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Re: Empiezo por el final.

Mensaje por elmiguelon el 2010-09-04, 16:24

Pero, es que todo esto es para nada, y te lo digo yo por experiencia, que, teniendo la historia planeada TODA tuve que modificar el final porque se me ocurrió otra cosa mientras iba por la mitad, por eso te digo que esto es inútil, acabarás modificándolo, es casi seguro. Por eso no recomiendo empezar una historia por el final.


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Re: Empiezo por el final.

Mensaje por fattony el 2010-09-04, 16:35

Pero es que yo no tengo nada claro. Como te lo explico. Yo cuando escribo algo no planeo lo que voy a escribir, va surgiendo. Si empiezo por el principio, va surgiendo y va surgiendo y va surgiendo y no acabo nunca. Me veo en la necesidad (yo también te lo digo por experiencia) de escribir el final, por ejemplo este, y ahora escribir una historia desde el principio donde se traten las cosas que desembocan en ese final por separado, y esas últimas páginas no se tocan. En vez de cambiar el final como tú, moldeo el cuerpo de la historia para que se adapte. La idea de la historia ya está preconcebida, se trata de un análisis de quien está bajo unas órdenes y quien da las órdenes. Ahora bien, toda la historia está por escribirse aún, pero me veo obligado a doblarla y retorcerla de forma que encaje con este final.
Si no soy incapaz de terminar un relato.
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Re: Empiezo por el final.

Mensaje por elmiguelon el 2010-09-04, 16:55

mmmmm..... es otra forma. Cada uno puede utilizar la que quiera, bien, el final ese que posteaste está bien.


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Re: Empiezo por el final.

Mensaje por fattony el 2010-09-04, 22:51

Sí, supongo que es cuestión de gustos y de como te vaya mejor. Gracias por tu opinión.
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Re: Empiezo por el final.

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