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Lorenz - texto sin titula de momento

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Lorenz - texto sin titula de momento

Mensaje por Seba el 2015-05-02, 22:17

Bueno, tras mi ausencia no tengo mucho qué compartir, de momento solo puedo traer unos textos de algo que estoy escribiendo para ver que os parece la forma en que se narra, el nivel de detalle y qué otras cosas se podrían mejorar (criticas y consejos). 

No es mucho, así que tampoco subiré todo de una. Le he dado un par de correcciones pero nunca son suficientes, ja.

Bueno, espero que os guste y saludos.


Texto escribió:                El sol encandecía con su resplandor y abrazaba las altas torres del castillo de Glenkz, que en modo de resistencia, replegaba sus sombras sobre el patio central. Los jardines brillaban en muchos tonos multicolor gracias a las florecidas rosas, que junto a las fuentes y estatuillas honorificas de mármol, hacían de la plaza un sitio digno de contemplar. La ciudad se dividía en dos zonas separadas por anillos fortificados. La primera era el barrio alto, un circulo de estructuras cortadas por una enorme avenida que iba desde la puerta de la fortaleza hasta la plaza central para luego llegar al santinar, lobby del castillo. Dentro del pequeño barrio estaba plaza principal, la academia de artes y lenguas, el establo real, el cuartel general y las casas de alta categoría pertenecientes a familiares y allegados del conde Louras. Era a simple vista una pequeña comunidad privada y por eso mismo las lenguas comunes del condado llamaban a estos “los pavos de plata”, no solo por rechonchos y tontos, sino que a la gente del barrio alto le gustaba ostentar todo tipo de accesorios de plata.
                El barrio bajo era la zona común, un amplio anillo fortificado que permitía dentro de sus muros edificar con tranquilidad. Sorima era un sitio bastante concurrido y poblado ya que contaba tanto con fácil accesibilidad a las carreteras como a las rutas marítimas por medio del gran rio de Mariz. Era un centro de mercadeo y rico en recursos terrenales, un sitio que abundaba en riquezas y oportunidades pero que no terminaba de aprovecharse tanto como se podría.
                Como era habitual luego de acabar las clases en la academia de Gleany, los chicos se amontonaban en el jardín para rellenar su tiempo de ocio con diferentes actividades típicas de niños. Corrían, luchaban entre ellos, chapuzones en el estanque, regalando alguna rosa a la niña que te gusta, lo habitual en la inocencia de un infante, pero entre la decena de ellos que cubrían la plaza, uno prefería estar en la sombra de un balcón, alejado, observando con determinación y anotando en su pequeña libreta.
                -¿Qué haces aquí solo? ¿No estarías mejor jugando con el resto de los niños, Siff? – comentaba con amplia sonrisa una de las sirvientas mientras cargaba una bandeja de plata llena de copas junto a una jarra llena de zumo de naranja, a su lado le acompañaba de igual vestidura, con una larga prenda negra y bordeados en blanco, otra sirvienta, que a diferencia de la primera llevaba un canasto lleno de buñuelos de azúcar. Ya era hora de la merienda.
                El muchachito de cabellos negros, larga nariz ganchuda y ojos verdes, era muy delgado y a su vez bastante alto para su edad. Siff no dijo palabra alguna, simplemente negó con la cabeza mientras en su espalda escondía la libreta que cargaba. Las sirvientas no insistieron ni una segunda vez, sonrieron y continuaron escaleras abajo para adentrarse en el camino de granito. Volvió a apoyarse en la balaustrada y continuó sus apuntes en donde los había dejado.
                -El sol está en su cénit y el individuo se ha despegado por tercera vez de su puesto. – susurraba hablando para sí mismo – Ha demorado dos vueltas de mi reloj de arena pero no se ha acercado aún a la casa de la tía Zoria – seguía hablando bajito sin despegar la pluma del papel y mirando de reojo al guardia al otro lado del patio, cerca de la puerta del anillo.
                Entre gritos y chillantes risas, una batalla campal se estaba desatando en la merienda. Barro volaba por el aire y cuando no se podía armar una buena bola, no había otra mejor munición que un delicioso ataque de buñuelos. Los pocos espectadores entre pasantes y guardias, fácilmente se les incitaba en sus rostros sonrisas de simpatía, pero en el centro de la revuelta, las pobres sirvientas que estaban acorraladas debajo de una de las mesas del estar de comidas, no incitaba tanto a sonrisas ni a disfrutar.
                Pero ajeno a todos aquellos niños que disfrutaban su tarde con inocencia pero a su vez de forma perversa, había uno renegado a la sombra del castillo, observando paciente y tranquilo, sin importarle ni atraerles las diversiones que a metros de él se daban. Su mirada estaba fijada en el soldado, una mirada directa y fría, muy inusual en un hombrecito de su edad, pero no había nada que pudiera hacer para cambiarla, el gesto de su ceño y la forma de sus ojos le daban esa actitud rígida, señorial, penetrante.
                El guardia se dispuso a moverse y al instante Siff ya estaba acercando su pluma a la libreta, miraba con la cabeza semigacha para ver con claridad, tan concentrado en sí mismo que el fijar de tal modo el objetivo le aislaba y anulaba todo sentido. Tan así era su concentración, que al apenas sentir una mano que le tocó el hombro no pudo evitar saltar a un lado con reflejo felino, dando de lleno el hombro contra el muro.
                -¡No seas cobarde! ¡Soy yo! – Siff al voltearse, llevaba una cara de risa con la boca levemente abierta y los ojos petrificados. Frente a él una niña casi de la misma edad no ocultaba la gracia que le daba el susto. Eran casi de la misma estatura y la muchacha relucía  un hermoso cabello castaño muy abundante de forma recogida y vistosa. Tenía un rostro adorable que sin duda se convertiría en uno muy hermoso. Solo bastaba con ver la perfecta formación de los labios y los pómulos, las finas cejas, su pequeña y puntiaguda nariz, y unos ojos brillosos igual de verdes que los de Siff.
                -¡No me has asustado, Allyn! - forzaba rudeza para ocultar la vergüenza que se le entonaba en el rostro - solo me has sorprendido y tomé distancia, nada más…
                -¡Bah! ¡Admite ser asustadizo, Lorenz! - sonreía Allyn a la vez que se burlaba mostrando la lengua.
                -¡Que no me digas Lorenz! ¡Debes llamarme como el resto! ¡Siffreth! - contestaba eufórico, arrugando todas las hojas de la pequeña libreta.
                -¡Bla, bla! ¿Acaso prefieres ese horrendo nombre antes que Lorenz? - la muchacha en un pestañeo cambió su actitud, no toleró la respuesta de Siff y con aún más rudeza y seriedad lo tranquilizó sólo con la mirada. Se produjo un silencio espontaneo y ambos apartaron la vista. La chica miró el rostro de arrepentimiento de Siff y para levantar los ánimos compartió uno de sus buñuelos que guardaba en el bolsillo de su uniforme, un largo vestido azul oscuro.
                -Gracias. Tenía un poco de hambre – con una leve sonrisa y la cabeza gacha aceptó sin temores.
                -Papá estuvo hablando contigo en la mañana ¿te metiste en problemas? – retomó Allyn con su armoniosa voz y una sonrisa para despejar las malas vibraciones.
                -¿Por qué siempre tengo que meterme en líos? Solo quería hablar conmigo… - comentaba Siff vagamente soltando muchas muecas de disgusto – No soy su preferido ni acostumbra a gastar su tiempo conmigo, pero esta vez quería hacerme un regalo personal. – terminaba la frase con lentitud y bajó la mirada su bolsillo abultado.
                -¿Un regalo? ¡Qué bueno! – en un grito de alegría y sorpresa, Allyn le tomó por los hombros al muchacho y le obligó a devolverle la mirada. De cierto modo, Siff aunque estaba algo avergonzado y no tenía muchas ganas de tocar el tema, no podía negar que ver el rostro de su hermana en ese grado de alegría, le despertaba una sincera sonrisa y le regocijaba su corazón por igual.
                -¿Y qué es? ¡Vamos! ¡¿Qué te regaló?! – Allyn estaba verdaderamente entusiasmada y agitaba a su hermano como si se tratase de un saco de papas, el cual atontado se dejaba manipular y no podía escapar de las fuertes garras de la chica.
                -¡Allyn! – una voz femenina resonó en todos los rincones. Ambos chicos abandonaron su forcejeo y se tensaron firmes con la cabeza en alto, alineados uno alado del otro. -¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar cambiándote de atuendo para ir a tu clase de danza? – por el pasillo se acercaba una mujer deslumbrante, de rasgos muy similares a Allyn, solo que ella en vez de ojos verdes, tenía unos singulares ojos azules como perlas preciosas. Iba con vestido de seda, color rosáceo con bordeados azules y blancos en un estilo de gala. Con un amplio corte en el pecho y muchos detalle en los acabados de los puños, hombros y la cintura. Lo que sin duda destacaba por encima de la belleza de la mujer y la finura de sus ropajes eran el sin fin de adornos de plata, desde colgantes hasta anillos y pulseras, pasando por cintas de tela que caían libres por los lados del vestido y unos cuantos collares con diferentes diseños.
                -Sí, madre. – en un pequeño ademán y sin resistencia la muchacha contestó al instante que se marchó por el pasillo. La mujer posó la mirada en Siff quien le latía el corazón con velocidad, sabía qué le iba a preguntar, pero ese era un tema que el sin duda quería evitar.
                -¿Y qué me dices tú, pequeño Siff? ¿No deberías estar ahora con el señor Tenzin? – la mujer con soberbia le miraba con autoridad mientras que con su mano tanteaba su elaborado peinado, fijándose que todo estuviera en orden.
                -Ya he acabado todas mis tareas con el señor Tenzin, madre. Me dijo que ya podía retirarme por el día, que no hacía falta seguir con las clases de esgrima, que ya domino todo a la perfe… - los ojos de su madre indicaban que no eran necesarias más explicaciones. No continuó, bajó la cabeza y mantenía la mirada en silencio.
                -Se acabarán cuando yo indique que se acaban. A Tenzin se le paga por sus clases y se le exige que cumpla una serie de normativas. Le quedará claro que no decidirá nunca más en qué momento cesa la educación de mis hijos. – con secadez respondía girando la mirada a un lado. La señora que postulaba una firmeza formidable y temerosa no cedía siquiera ligereza ante un niño. Una de las sirvientas que la seguía se le acercó, comenzó a abanicarle y ella con un gesto de mano le detuvo. Miró de reojo nuevamente a Siff que ya había apartado nuevamente la vista al suelo.
                -Pero ahora ya es tarde. Puedes volver a lo que sea que estuvieras haciendo y no llegues tarde con sir Lambert. – no dio tiempo a responder, le pasó de largo junto a la sirvienta arrastrando el fuerte aroma de su perfume a girasoles y rosas.
                Lorenz se mantuvo pensativo y apretaba los labios para no sonreír. No solo su padre le había cedido el honor de otorgarle una charla, tampoco porque su madre había evitado regañarle, sino que también pudo evitar tocar ese tema que tanto le incomoda. Giró la cabeza para mirar entre los portales del pasillo en dirección a su madre, quien estaba ahora en una charla con el duque Eleon, o eso le parecía a Siff distinguir.
                -Tras un breve hincapié continuo con mi observación en busca de resolver el caso de los utensilios de plata robados. Sin duda sigue siendo mi mayor sospechoso.  – volvió a susurrar para su persona a la vez que intentaba anotar en las arrugadas hojas de su libreta. – Mantendré posición hasta que su guardia termine… estoy seguro… estoy seguro que es él…
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